Antes de vender un solo equipo en Brasil, DeepAgro pasó un año siendo evaluada por Amaggi, una de las principales agroindustriales del país. Cómo una tecnología nacida en Rosario se reconstruyó para un mercado sin invierno y sin margen para las promesas.
En el Cerrado brasileño no hay invierno que frene nada. Las malezas no descansan: crecen los doce meses del año, en ciclos más agresivos que en cualquier otro punto de la región, y en zonas como Mato Grosso los productores levantan dos y hasta tres cosechas por año sobre el mismo lote. Ahí, la escala no es una figura retórica: son fincas de cientos de miles de hectáreas manejadas como corporaciones, con una logística y un sistema impositivo que no se parecen a nada conocido en el resto de Sudamérica.
En ese terreno, ninguna tecnología entra por currículum. El productor brasileño invierte en innovación, pero no compra promesas: exige ver resultados en su propio suelo, durante el tiempo que haga falta. Y cuando la compañía que decide someterse a esa prueba es, además, una de las principales agroindustriales del país, la vara sube todavía más.
Ese fue el desafío que tuvo que atravesar DeepAgro. La compañía nació en Rosario en 2020 y pasó primero por HIT, el programa de Endeavor para empresas en etapa temprana. Más tarde llegó a ScaleUp, pensado para compañías con potencial de crecer más allá de sus fronteras. A lo largo de ese camino, surgió el desarrollo de SprAI, una tecnología de aplicación selectiva que usa inteligencia artificial para identificar malezas en tiempo real y aplicar herbicida solo donde hace falta. Para superar esa prueba, tuvo que dejar de pensarse como una empresa que exporta tecnología y empezar a pensarse como una que la reconstruye en el terreno.

Amaggi no compra tecnología: la audita
Amaggi es una de las compañías más grandes del agronegocio brasileño, con operaciones en trading, logística y energía, y encabeza la producción de soja a nivel del país. Hace cuatro años que lidera, entre las empresas brasileñas, el índice global Forest 500, que mide compromiso con políticas de deforestación y no volumen de producción. A nivel mundial ocupa el tercer lugar en ese mismo ranking.
Para DeepAgro, entrar a Brasil no era una opción más de expansión: era el partido más importante a ganar. El negocio de aplicación selectiva es, ahí, cinco veces más grande que en la Argentina, y con dos o tres cultivos por año la propuesta de valor de la tecnología se multiplica. Pero es también, por las distancias, la escala de los establecimientos y la diversidad de escenarios agronómicos, el mercado más difícil de la región: varios competidores no habían logrado entrar.
En abril de 2025, DeepAgro instaló su primer equipo en una fazenda de Amaggi en Mato Grosso. El objetivo, del lado de Amaggi, era validar la eficiencia de la aplicación selectiva frente al resto de las tecnologías disponibles en el mercado. Durante un año, la compañía evaluó en simultáneo todas las alternativas antes de definirse por una.
Reconstruir la tecnología, no exportarla
El trabajo había empezado mucho antes de instalar ese primer equipo. Ya en 2023, DeepAgro arrancó un proceso de research y conversaciones con referentes del sector agrícola brasileño, con una premisa clara: no se trataba de exportar la tecnología que funcionaba en la Argentina, sino de adaptarla al uso real del productor brasileño.
“No exportar una tecnología argentina a Brasil”: así resume Juan Manuel Baruffaldi, cofundador y CEO de DeepAgro, la decisión que marcó todo lo que vino después. La IA tuvo que volver a aprender: se recolectaron miles de imágenes de campos brasileños para que el algoritmo distinguiera malezas locales —como el capim-amargoso o el caruru— en distintos estadios de crecimiento, y se corrieron ensayos propios y de terceros. El hardware, por su parte, tuvo que soportar condiciones de calor, humedad y polvo del Cerrado sin perder precisión.
El resultado, después de un año de trabajo conjunto con Amaggi, fue contundente: 22.097 hectáreas recorridas, un ahorro promedio del 71% en herbicidas y niveles de detección de malezas por encima del 90%, funcionando tanto en soja como en algodón, incluso en cierre de surco —uno de los momentos más difíciles para la aplicación selectiva, cuando el cultivo ya cubrió el lote.
De un equipo a cinco, y esto recién empieza
Ese año de validación fue la prueba que Amaggi necesitaba. La compañía decidió ampliar la implementación de SprAI, sumando equipos nuevos: de una sola máquina instalada en abril de 2025, DeepAgro pasó a tener hoy cinco equipos operando en Brasil, sostenidos por un equipo local de cuatro personas. Fue también la carta que le permitió a la agtech cerrar sus primeras ventas comerciales en el país, más allá del cliente que la validó.
Para sostener ese ritmo sin depender de que cada productor afronte la inversión inicial en hardware, DeepAgro decidió innovar también en su modelo de negocio: lanzó en Brasil la modalidad OPEX as a Service, un esquema de pago por hectárea aplicada que elimina la barrera del CAPEX y alinea los incentivos entre la empresa y sus clientes. El productor no compra el equipo: paga por el uso de la inteligencia artificial en su lote, y la tecnología se paga sola con el ahorro de insumos desde el primer día.
El camino recién empieza. DeepAgro ya trabaja en extender los algoritmos de SprAI a cultivos específicos de Brasil, como el algodón y la caña de azúcar, y en consolidar una estructura comercial y de soporte técnico basada físicamente en el país —condición, según Baruffaldi, para operar en un mercado que no se puede manejar a distancia. En paralelo, la compañía avanza en un producto para drones.
El aprendizaje que más repite Baruffaldi no es técnico: la tecnología se puede ajustar todo lo que haga falta, pero la expansión no se maneja a distancia. Hace falta presencia física, asesores locales desde el día uno y, sobre todo, otros que ya hayan recorrido ese camino antes. Ahí, dice, la red de Endeavor volvió a jugar un rol: conectar a DeepAgro con pares que ya operaban en Brasil resultó tan importante como cualquier ajuste técnico en el algoritmo.